jueves, 18 de agosto de 2016

7. Evolución vertiginosa.

Las terribles y conmovedoras imágenes del pequeño Omran Daqneesh, rescatado ayer de entre los escombros dejados por el enésimo bombardeo a Alepo, ilustran hoy un texto en El Mundo al que hay que reconocer su rabiosa originalidad. Porque en el mismo texto en el que nos habla de la triste historia de Omran (sin exagerar, porque el conflicto sirio nos lo sabemos ya al dedillo) el periodista ya nos reprocha nuestra indignación y nuestro acongojamiento pasajeros, nuestros viralizantes clicks inútiles y nuestro más que predecible olvido. Tres fases  que hasta hace poco (hasta ayer, diría yo) requerían unos tiempos y que el autor condensa en unos cuantos párrafos. Habrá que felicitarle pues por habernos ahorrado un tiempo muy valioso, aunque para ello haya tenido que demostrar que es más listo que todos nosotros.

Dicen que los medios están evolucionando a una velocidad vertiginosa y va a haber que creérselo.

sábado, 9 de julio de 2016

6. De progresivos y progresistas

Pasé el último finde en Barcelona con la excusa de un festival de rockeros progresivos, ya saben: gente sospechosa que ha escuchado más a Pink Floyd y a King Crimson que a los Beatles. Por la fastuosa obra del nuevo Consistorio del Cambio no me pregunten, aunque les diré que vi las Ramblas tan llenas de guiris prácticamente pickles como siempre. En cuanto al festival, les dejo aquí el tema con el que cerró el cabeza de cartel, Steven Wilson.  Si tienen ocho minutos que perder, escúchenlo, vale la pena:


Antes de ir a lo que iba (porque esto no es un blog musical, por si no lo habían notado), señalaré la presencia en el festival de los franceses Magma, que cantan en un idioma inventado. Mérito doble éste siendo como son franceses, y triple si se considera que lo llevan haciendo desde 1969.

Lo que yo quería contar, no sé muy bien por qué, es que coincidí en el aeropuerto a mi vuelta con Raül Romeva. Se acordarán de él: un excomunista al que pusieron al frente del fallido movimiento Catexit hace mucho tiempo (político), antes de la convulsión británica y la era del cambio que viene oh oh. Alto hasta para mí, de espalda recta y ancha enfundada en una chaqueta impecable, por un milisegundo estuve tentado de acercarme a saludarle y a hacerle una de esas preguntas que siempre he querido hacer a estos supuestos progresistas que se ponen a la cabeza de  movimientos secesionistas o soberanistas, por definición insolidarios: si se sigue considerando de izquierdas. Seguramente no lo hice porque estaba demasiado concentrado en terminar de procesar la cerveza del día anterior... o quizás simplemente estaba demasiado cansado de reformular esa pregunta, que es la pregunta de siempre. Quizás me habría animado de haber haber tenido a mano un admirable artículo que publicó unos días después Félix Ovejero en El País, y en particular este párrafo a propósito de los soberanistas de Podemos, señalando...
... la frívola despreocupación con que Podemos suscribe desde siempre —en eso no ha cambiado— ese extravagante derecho a decidir (“de las distintas naciones”), que inutiliza todas sus otras propuestas. La defensa del Estado de bienestar, de la sanidad o la educación resultan trampantojos cuando unos ciudadanos pueden decidir que la redistribución no va con ellos; que la caja común de la Seguridad Social deja de serlo; que una parte del país de todos, los hospitales, las universidades o los trabajos, solo quedan abiertos para unos pocos. Los problemas que ya experimentamos con las tarjetas sanitarias plurales o con esas exigencias lingüísticas que importan más que doctorados al encontrar trabajo, pero a lo bestia. Podemos, como otros antes, puede contentar a parroquias locales; eso sí, a fuerza de desmontar su proyecto. Una historia clásica de nuestra izquierda. “Cada uno es responsable de su parte y nadie es responsable del estrago”, escribía un poeta.

Habría estado bien, en definitiva, poder acercarse a Romeva señalando estas líneas y pedirle, educadamente, que las rebata si es que puede.

Pero en fin, no se dieron las circunstancias adecuadas. Probablemente fue para bien, porque estuvimos atrapados en el aeropuerto varias horas y la cosa podría habérsenos ido de las manos y haber acabado fundando un partido. El caso es que muy probablemente habría dejado pasar todo esto si hace poco no me hubiera encontrado con un texto de Daniel Gascón, elocuentemente titulado La disposición conservadora (celebrado también por Espada). Un resumen de las razones de los conservadores expuesta por el pensador Michael Oakeshott que resulta especialmente pedagógico y necesario en estos tiempos: basta ver algunas reacciones a la reciente victoria del PP para convencerse de ello. Pero casi tanto mérito como la exposición de argumentos tiene el encuadre de Gascón, del que resalto este párrafo:
 Yo no soy políticamente conservador. Creo que muchas tradiciones contribuyen a la opresión y reprimen la libertad individual y a veces los gobiernos deben ir un poco por delante. Los símbolos del conservadurismo están lejos de mi educación sentimental, de mi socialización política y de mis referentes culturales.
Un párrafo que resume bien el motivo por el que merece la pena ser progresista, pero que también señala la trampa mortal del progresismo y de cualquier otra ideología: los símbolos. A los que tanto apego tenemos, porque forman parte de nuestra educación sentimental. Por eso muchos prefieren dejarlos intactos, aún a cosa de sacrificar en su lugar los principios. Este párrafo me hizo entender que quizás Romeva, como tantos otros, vivan en medio de sus brutales contradicciones por un comprensible miedo a sacrificar sus símbolos. Hasta que lo entiendan, o se lo hagamos entender, mientras que persistan las razones  que señala Gascón merecerá la pena seguir considerándose progresista. Y mientras haya artistas como Steven Wilson, me permitirán que lo diga para cerrar esta entrada, merecerá la pena seguir escuchando rock progresivo.

domingo, 15 de mayo de 2016

5. Cinco años

Cinco años en Milán. Cinco años tiene este cuaderno. Cinco años han pasado desde el 15M. Esto último tiene cierto interés cuantitativo, desde un punto de vista estrictamente personal. Porque ahora sé a ciencia cierta que llevo al menos cinco años siendo un carroza.

domingo, 28 de febrero de 2016

4. Sonrisillas.

Esta semana volvía a casa y pensé escribir una nota en el blog, y al final no lo hice. La nota debía empezar diciendo que un hombre volvía a casa atravesando la neblina milanesa con una sonrisilla dibujada en la cara. A continuación explicaría que ese hombre era yo y que la niebla era por exigencias del guión, porque en realidad hace tiempo que no tenemos niebla por aquí. 

La sonrisilla, sin embargo, era auténtica. Y tenía un motivo: el reciente acuerdo entre PSOE y C's, y las reacciones que había suscitado. Dicho todo esto, habría entrado a  detallar por qué el acuerdo me había dibujado una sonrisilla en la cara. Por razones que no vienen al caso al final no lo hice, pero por el camino apareció un 
post de Tse, siempre puntual, sobre las justificaciones del acuerdo que han dado unos y otros, y  decidí dejar allí mi opinión  al respecto. Reproduzco y adecento un poco lo que dejé dicho allí: 

En mi opinión el acuerdo entre PSOE y C's es una jugada inteligente dentro de la partida partidista (con perdón) que beneficia a sus protagonistas y perjudica a los que se han quedado fuera. Lo demás son excusas y discursitos de cara a la galería. No es bonito, pero así son las cosas. 

El PSOE tiene como prioridad llegar a la presidencia del gobierno, y eso implica no pactar con el PP (porque ... ¿cómo iban a exigir quedarse ellos con la presidencia, teniendo menos votos?). Gobernar les interesa por las razones por las que interesa gobernar a todo el mundo. Pero evitar una gran coalición les interesa especialmente porque no quieren PASOKizarse ni SPDizarse. En ese sentido, no hay que olvidar la importancia que tiene tiene diferenciarse del principal rival para vender la propia “marca política”: en “Fuego y cenizas” Michael  Ignatieff  explica muy bien esto.

La jugada de C’s es algo más complicada, pero creo que es más o menos como sigue. El acuerdo interesa a los naranjas porque si sale bien, les permite estar cerca del gobierno, ampliando su visibilidad y reforzando su imagen de partido fiable, de Estado. Pero hay un detalle importante, y es que este acuerdo amplía su potencial base electoral: la gente tiende a considerarles más de derechas de lo que son (la “marca blanca del PP” ¿recuerdan?) y con este acuerdo se ganan una pátina de centristas (y les ayuda a colmar 
un prometedor espacio en el espectro político). Hasta @Egocrata empieza a mirar con mejores ojos a Ciudadanos.

Rajoy quizás habría podido evitar esta jugada lanzándose a saco a un pacto con C’s desde el principio, pero no sé si C’s habría aceptado, porque creo que les interesa más este acuerdo. En cualquier caso, no han estado muy rápidos.

En definitiva, creo que Sánchez le ha comido la tostada a Rajoy. Si la jugada no sale y se vota de nuevo, creo que PSOE y C’s subirán -creo que estos meses se están haciendo largos y votar a partidos que pueden llegar a acuerdos puede ser un incentivo- y tendrán más posibilidades aún de gobernar.

Me consta que la Verdadera Socialdemocracia (TM) está feliz. 

Y de ahí mi sonrisilla. 

***


La semana trae otra sonrisa por la aprobación en el Senado (era el escollo más importante, el Congreso debería dar menos problemas) de la "ley Cirinnà", que permitirá las uniones civiles entre homosexuales. Aunque sea un acuerdo mejorable, es una de esas leyes que solucionan problemas muy concretos a un montón de personas (estimo que a un 23% de la población milanesa, con un pico cercano al 38% durante la Semana de la Moda).  Pero bien mirado, como explica 
Luca Sofri tan lúcidamente como suele, el acuerdo da para un brindis veloz y poco más. La sonrisa aquí se queda también en sonrisilla.

sábado, 30 de enero de 2016

3. Etiquetando

Me manda mi amigo N. un artículo titulado “Reflexiones socialdemócratas” porque sabe que me gusta coleccionarlos (como a otros les gusta coleccionar insectos). Me subraya este párrafo:


"Ahora bien, la socialdemocracia no puede aceptar transacciones entre igualdad y bienestar. Consideren, por ejemplo, la siguiente alternativa: por un lado, una sociedad donde la fracción más rica tiene asignado 10 y la más pobre 5 (una desigualdad de cinco puntos); por otro lado, una sociedad donde la fracción más rica tiene asignado 7 y la más pobre 4 (una desigualdad de tres puntos). La igualdad sería mayor en esta última sociedad, pero el bienestar menor (también menor para la fracción más pobre). Desde el punto de vista del sector con menores recursos, no tendría sentido sacrificar su bienestar a cambio de una mayor igualdad. Esta opción difícilmente sería respaldada por los votantes."


Leo el artículo, que es interesante, y pienso en la etiqueta socialdemócrata... con cansancio. La única etiqueta que me interesa a estas alturas es la etiqueta de racional. Porque lo racional es defender, como el autor, que hay desigualdades tolerables y que deben ser valoradas en su justa medida, sin olvidar sus potenciales efectos negativos (que existen). Pero ahí está el debate: cuánta desigualdad es tolerable y cómo intervenir para modularla. Un debate que debe ser afrontado - sí- racionalmente, con datos. Y quien lo niegue, independientemente de que se tenga por socialdemócrata à la Podemos, hegeliano, ecocomunista, carlista o libertario, para mí sólo será un oscurantista. A menos que presente pruebas convincentes.


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La polémica por la visita del presidente Rohani ha tenido el nivelazo de todas las polémicas análogas que han surgido en los últimos años (¿es normal que empiecen a aburrirme?). Pero al menos he hecho un descubrimiento valioso gracias a Roberto Saviano: la Venere Callipigia. De nada:


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Viendo casas, que es una ocasión para ver a la gente que hay dentro de las casas. En la de hoy nos recibe una señora diminuta. En las paredes, fotografías enormes de juventud, con su marido en la playa  (pelo en pecho y chancla de goma él, sorprendentemente exuberante ella). La cocina, alicatada como para sentirse en el interior de una caracola gigante. En la entrada, un pequeño busto del Duce y otro más grande en el salón, encima de la tele.  


Aunque el día empezó políticamente bastante mal, mejora sustancialmente con una columna de Savater en la que se ventila a integristas, islamófobos y nacionalistas en dos párrafos. También leo que Arcadi ha aparecido en Il Venerdì di Repubblica. Le he pedido a mis suegros que me lo guarden, ya lo leeré cuando pasemos por allí.



Porque los verdaderos socialdemócratas creemos en los incentivos.

sábado, 23 de enero de 2016

2. Convivencias

Pasaron las elecciones y desde entonces Arcadi lleva insistiendo en una gran coalición entre PSOE, PP y C’s. Así lo hace de nuevo hoy dirigiéndose a los socialistas, por su bien, porque sostiene que la operación no llevaría al temido sorpasso de Podemos. Pero hay una posibilidad que él y otros defensores de la coalición tricolor no parecen considerar y que no es sólo preocupante para socialistas, sino también para los demás: que una gran coalición colocaría a Pablo Iglesias en el papel de líder de la oposición, que como sabemos son los que suelen recibir los votos de los descontentos del gobierno… descontentos que podría haber, sin duda.  Además, un gobierno de PP, PSOE y C’s tendría toda la pinta de un gobierno técnico y, bueno, de vez en cuando me encuentro con Monti paseando aburrido al perro. Aunque hay quien dirá que hace falta un Monti para allanar el camino a un Renzi.

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Un joven allegado mío es muy aficionado a los toros. Un chico educado y con estudios. Para que se hagan una idea: un chico que escribe posts en FB sin faltas de ortografía. En esta generación eso te coloca entre los candidatos al  Francisco Rico del S. XXI..


Pues bien, cada vez que  surge una noticia diciendo que algún ayuntamiento del cambio se declara antitaurino, este muchacho escribe unos posts hablando de atropellos a derechos y libertades fundamentales que, en fin, pareciera que está denunciando la detención de Nelson Mandela.


Estas pequeñas cosas me hacen valorar aún más la convivencia democrática.


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Una pareja de octogenarios discuten a voces en la acera de enfrente. Él se ha adelantado unos pasos y, vuelto hacia ella, hace el inconfundible gesto con la mano de che cazzo dici. Ella le alcanza, él le ofrece el brazo y así, entrelazados, prosiguen con su paseo y con su discusión a voces.


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Hoy he pasado por la Via Spartaco. Gladiatore, especifica la placa, como hacen por aquí en las calles dedicadas algún notable personaje histórico. Aunque esta parece que la hubiera escrito un descendiente directo de Craso.


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Sigo (¡cómo no!) con interés el proceso de formación de gobierno en España, si es que se forma. Y también estoy leyendo algo de la palabrería que está produciendo, claro. Y de todo lo que he leído, quizás lo más lúcido ha sido esto de Roger Senserrich, donde explica por qué quizás Pedro Sánchez esté haciendo lo más sensato que puede hacer con las cartas que tiene en la mano: formar gobierno y evitar elecciones, independientemente de lo que nos parezca. Aclaro, por si hiciera falta, que me parece lamentable que un partido que siempre ocupó el centro-izquierda se eche a los brazos de syrizitos y xenófobos light varios, pero me imagino a Sánchez más preocupado en salvar su pellejo y en contentar a sus votantes que en satisfacerme a mí.


De todos modos, habrá que ver cómo acaba la cosa. Hasta entonces, quizás mejor evitar el ruido mediático y leer lo imprescindible, como por ejemplo a Savater.

lunes, 18 de enero de 2016

1. Un pseudodiario

Se trata de otro intento de matar el gusanillo. De intentar hacerlo esta vez con algo de ligereza y sin demasiadas precauciones. Sin mirar demasiado atrás. Vamos a aprovechar la facilidad que tenemos para empezar, e intentar evitar las complicaciones con las que nos encontramos al intentar concluir. Vamos a intentar dejar un testimonio ordenado de lo que creemos que merece la pena que recordemos: esa idea que nos pareció meritoria, ese artículo que tanto necesitábamos leer y que por fin leímos, eso que nos dijo nuestro amigo hace tiempo y que por fin entendimos.


Hablaremos de lo que pasa pero esperaremos a que sedimente, poco a poco. Vamos a intentar evitar seguir los acontecimientos demasiado de cerca, porque van demasiado rápido para nosotros.


No lo llamaremos un diario, porque no lo haremos todos los días. Llamémoslo un pseudodiario.

domingo, 27 de septiembre de 2015

My own personal catalan compilation

No sé si se habrán enterado, pero hoy hay elecciones en Cataluña. Como les conozco como si les hubiera parido, les imagino consumiendo compulsivamente columnas, tuits y titulares mientras se acerca el emocionantísimo recuento final, en el que descubriremos si los que aspiran a la Declaración Unilateral de Independencia a secas obtendrán la mayoría absoluta o si necesitarán de la ayuda de los que aspiran al "combo" DUI + revuelta popular (aspiración que suele ser convalidable por un sillón en la consejería de cultura o en la de vivienda en las democracias avanzadas). Para contribuir a saciar su apetito de análisis, y con la tranquilidad absoluta de que mis palabras no influirán en la voluntad del pueblo catalán, que está lanzado, les dejo aquí unas cosas que he escrito en los últimos años sobre el dichoso tema para que vayan matando los nervios. Y que el ritmo no pare:

- Recordemos que en su momento quisimos empezar por los principios, señalando una renuncia inexplicable.

- También hicimos algo de trabajo de campo y, tras un par de paseos, hablamos de los balcones de Barcelona (ideal para el día antes) y de una ventana de Edimburgo  (ideal para el día después).

- En un día bueno, decidimos dedicarnos a explicar las palabras del maestro y casi nos sale un ensayo sobre su obra.

- Tampoco pudimos evitar comentar las palabras de uno de los líderes del bando aficionado a las antorchas, que expuso con notable claridad y capacidad sintética sus intenciones.

Y, cómo no, también escribimos algo en vísperas de la penúltima jornada histórica. Así que no se pongan melancólicos cuando pase la de hoy: seguro que habrá más.

lunes, 18 de mayo de 2015

La memoria traicionera

Estoy leyendo Limonov por recomendación de Josepepe, a quien no le agradeceré nunca lo suficiente sus recomendaciones literarias. Comentándolo en su blog, le señalo lo distinta que puede ser la lectura que hizo de Trotsky el oscuro Limonov en Nueva York ('le gusta cuando declara sin ambages "¡Viva la guerra civil!"') de la que pudo hacer el pequeño burgués que era (literalmente) yo hace bastantes años cuando, en una Feria del Libro, me acerqué a la caseta que regentaban unos barbudos y me hice con La Revolución Traicionada.

Recuerdo nítidamente que la caseta era de la Fundación Federico Engels, los barbudos empiezo a sospechar que son un recuerdo falso y del contenido del libro, honestamente, no recuerdo nada. Pero sí guardo un vago recuerdo de haber terminado de leerlo siendo más sabiondo que cuando comencé: es posible que usara algún argumento del viejo León contra algún amiguete -o no tanto- comunista, o que me sirviera para declararme trotskista mientras comía pipas una tarde en un parque de mi barrio. No sé.

La pregunta es: ¿acaso eso quiere decir que la lectura del libro de Trotsky no dejó más huella? No tan rápido: por un lado, es posible que de Trotsky pasara a leer sobre el POUM, y de ahí a Orwell, de Orwell a Espada y de Espada a Montanelli, y así hasta aquí. Pero hay una posibilidad aún más intrigante: quién sabe si algunas de las tesis Trotsky, que releídas en labios de Limonov hoy me parecerían escandalosas, no han guiado mis pensamientos más profundamente de lo que pienso. Porque, en general, ¿podemos descartar que nuestros pensamientos estén sujetos al efecto incesante de ideas a las que se les ha borrado el etiquetado, de las que simplemente no recordamos la procedencia, y que precisamente gracias a eso resisten sin ser mandadas al cajón de las ideas descartadas? Yo creo que no; quién sabe hasta dónde llega la influencia de esa memoria que disimula ser memoria, de esa memoria traicionera.

Por eso he sentido la urgencia de escribir estas líneas: no me gustaría olvidar por qué pienso todas estas cosas.